La necesidad de explicarme para explicarte
Casi personal, casi biográfico, a veces imaginado.
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Llevaba casi una hora con el celular en la mano. Escribía y borraba un mensaje. Buscaba palabras exactas. Quería decirle que lo extrañaba, que pensaba en él. No me atrevía y sólo jugaba con teclas. Hasta que por fin algo quedó escrito, no sé si eran las palabras exactas, pero lo envié.
Faltaban tres minutos para las doce, tres minutos antes de iniciar el 2010. Quizá el último mensaje que enviaría, o el último que recibiría él.
Ha sido difícil encontrar con quien hablar sobre él, hablar de todos los momentos del día en los que lo extraño, hablar de cómo tantas cosas me recuerdan a cuándo estaba aquí, hablar de los buenos momentos, de las sonrisas cotidianas, de los abrazos. Hablar de lo que más recuerdo ahora.
Sé que sólo él entiende cuándo y cuánto lo extraño, porque se fue y como yo, también ha de recordar.
Han de pasar 364 días para que vuelva a llegar el día que tanto espera.
Ha de esperar todas esas noches para volver a vivir su día.
Obligado al paso de las horas en su escritorio, al desgano en la cruda dominical.
Contando días en cuenta regresiva cuando es más fácil contar semanas.
Planeando, ideando, imaginando, organizando y... esperando.
Yo sé muy bien cuánto espera ese día, su día.
Aunque nunca lo ví en él.
Siempre prefirió vivirlo lejos de mí.
Allá, donde se siente en casa.
Se desvaneció el futuro. Ya ves. Apenas lo hablamos unas horas y parecía que dejábamos que se nos fuera; que lo dejábamos ir. Eso, nuestra historia, los años juntos.
Y ya ves. Las caricias heladas, los besos fríos, y todo eso que me gusta decir que nunca ví, nos golpea hoy cada noche antes de dormir.
Si no pudimos ser, si mucho antes ya nos habíamos ido, si tanto tiempo antes ya lo habíamos dejado ir, pues para qué sigues aquí.
Encuentra la fuerza que te vuelva a la sensatez, no jodas los restos.
Y déjame empezar de nuevo. Déjame empezar de cero. Déjame intentar con él. Que van dos meses sin amor.
Y yo sólo quiero que me quieran, sin fatiga, sin final.
Ya ves, él está cerca, déjame ir, déjame contar el tiempo que vendrá, déjame contar el amor.
Ver el vacío desde una orilla, da miedo y certeza.
Acercarse lentamente, perder poco a poco el horizonte, que parece siempre inalcanzable, inagotable, permanente.
Darse cuenta que hay un fondo, un final. Entender que todo termina.
De chico, cuando pensaba en el universo, no lograba entender "el infinito". Pensaba que habría un muro negro en algún punto, donde el universo terminaba. Y después me daba cuenta que si había un muro, había algo del otro lado. La cabeza se empezaba a complicar, porque entonces, después de ese muro habría más universo, y luego otro muro, y luego más universo... y así infinitamente.
¿Porqué no fuimos infinitos como el universo? ¿porqué resultó tener un final?
Esta mañana me dijo que empezaría a llevarse sus cosas.
Y yo en esta oficinia, ni siquiera puedo llorar.
Ya no hay un beso en la boca cuando nos despedimos en la mañana.
Aún nos llamamos antes de salir de la oficina.
Ya no hay un beso cuando nos vemos en la tarde.
El recuento del día ya no tiene tantas palabras.
A ratos, parecemos dos seres en duelo.
Durante la cena pretendemos leer la caja del cereal.
Aún nos bañamos juntos.
Evadimos un poco mirarnos.
Nos vamos a la cama. Ya no se acurruca en mis brazos.
Sin el beso de las buenas noches.
Muchas cosas ya no hay. Pero aún está él. Aún estoy yo. Aún estamos juntos.
Y eso, es como si nada faltara.
No hemos llegado a ese momento. Ni siquiera sé cuándo será.
Pero ya empecé a irme. Dejamos la recámara vacía.
Pasamos la tarde empacando y tirando.
Y aquí estamos ahora. Es tan extraño ver alrededor y ver tan poco.
Sé que esto sólo es un significado.
Cuando no esté lo voy a extrañar.
Porque no está en los objetos ni en los muros.
Está en mi corazón.
¿Cuál será la mejor forma para decir adiós?
Ayer le avisé que mañana viene un albañil.
Lo tomó por sorpresa.
Le dije que haría arreglos, cambios. Voy a tirar el clóset.
Me preguntó si podría esperar una semana más.
Le dije que no. Necesito irme también.
Yo me quedo aquí. Él se va.
No quiero encontrarme solo con el vacío.
Se lo expliqué.
Nos quedamos en silencio. Evadiendo mirarnos demasiado.
Esta noche sólo quedamos nosotros, la cama y la tele.
Lo demás está en cajas.
No sé cómo será cuando se vaya.
Tengo miedo.
Espero que esto que estoy haciendo, funcione.
Pienso qué haré cuando no haya más zapatos, ni camisas, ni trajes, ni nada de ropa en el clóset.
También pienso en los cajones vacíos. En la cajonera extra que pusimos. En la cosa esa para colgar las camisas. En la ropa sucia que no habrá.
Y en donde están las lociones, sólo quedarán dos. Y las medicinas también se irán.
La cosita de los cepillos de dientes y los rastrillos. Todo a la mitad. Desaparecerá un par de pantunflas.
Las cajetillas de cigarros dejarán de ser dos. Y los vasos. Y las cenas.
No sé qué haré en ese momento. Cuando parezca que todo queda a la mitad. Cuando parezca que todo se queda medio vacío.
Tanto espacio.
Vacío.
No fue tan dramático. Hubo palabras, lágrimas, algunos besos y un largo abrazo.
Estoy triste. Aún no se va. Tengo miedo de ver el cuarto vacío.
Ayer terminamos. Cerramos la historia de tres años y medio.
No quiero que se vaya. Pero ya sé que no es él.
Si se quiero ir, también quiero que se vaya.
Sé lo que quiero, lo que necesito.
Para vivir, para ser feliz.
Lo voy a extrañar.
Fue bueno.
Llegó a la hora que marca la rutina. Yo esperaba un poco para ir a correr. En el balcón sentado miraba el ocaso del día. Se acercó, se sentó junto a mí. Empezamos a platicar sobre pequeñas banalidades. Mientras hablamos yo pensaba si era el momento de hablar sobre eso que siempre pospongo, sobre eso que cuando lo tengo enfrente me parece tan poco importante.
En mi cabeza elaboraba una tras otra frase de arranque. Me ponía nervioso. Cada vez que llegaba un pequeño momento de silencio pensaba en robármelo. Y no me atrevía. Ninguna frase decía realmente lo que quería yo decir.
El sol seguía cayendo, ya la luz entraba por debajo de la copa de los árboles frente al balcón. Ya el sol pintaba su rostro como leopardo. A mí la sombra del tronco me cubría como un manto.
Entonces le dije. Le conté de la tristeza que se me vuelve cotidiana. Le conté de cómo siento que nos alejamos, de la suma de los meses en la que nuestros cuerpos dejaron de encontrarse. De los momentos de frustración, de enojo, de soledad, de culpa, de indiferencia aquéllas noches que su respuesta era siempre no.
Y entre todo le dije que ya esto era mucho de lo que no quería. Que nos excedimos. Exageramos. Jugamos de más en su cancha. Si hay que seguir, debería ser diferente. Debería estar dispuesto. Debería querer.
El de las sonrisas no habla tan rápido. Le gusta darse su tiempo para pensar. Me pidió una semana. Le dije que lo único que yo quería era hablar y reflexionar juntos sobre lo que devenimos y cómo lo hicimos. Lo único que yo espero es que no sea una decisión unilateral. Que una semana es demasiado. Que no había entendido nada.
El sol se ocultó por completo. Ya no había ningún atardecer qué esperar. Ya sólo quedaba la noche. Y juntos, pasarla. Esperar la mañana de hoy. Esperar que piense. Esperar que me diga. En uno de los atardeceres que vendrán. Por lo que son la noches ya no estoy seguro. Quizá nos vayamos. Quizá nos quedemos.
Lo único seguro es que lo quiero y ojalá que como yo, vea una posibilidad.
Quisiera que te largaras. Que te fueras.
No he tenido fuerzas para decirtelo. Pero te veo y lo pienso.
Espero cada día que sea justo ése el día que de una vez por todas te largues.
¿No ves que todo se ha terminado? Ya no hay besos en las noches, ni caricias, ni pasión. Sólo la compañía, la presencia, el bulto en la cama.
Y ciertas noches nos despedimos el uno del otro, y como cazadores nos salimos a nuestros bosques. Engañándonos con un hasta mañana, que te diviertas. ¿Y a qué jugamos?
Ves, por eso mejor ya lárgate. Si no sientes más nada. Si como todo, esto también te vale madres. Si ni siquiera futuro, y con el presente jodido.
Pero lárgate sin que te lo diga, que no tengo valor.
Y cuando lleguen las noches que me sienta solo.
Cuando haya esos días grises o negros.
Cuando me quede llorando porque te extraño o porque me arrepiento.
Cuando sucedan esos momentos:
Regresa, y quédate conmigo.
La noche destierra el olvido. La luna se burla de mis falsos olvidos. El árbol en mi ventana espera el momento cuando dejo de pretender el olvido.
La noche entonces controla los relojes. El aire se burla del lento andar del segundero. Me miran buscando el segundo exacto en que debo confesarme.
No hay más testigos. Sólo la noche.
Sumamos poco más de tres años. ¿El resultado?
Espero que llegue el amanacer. Por sólo bajo la luz del día puedo fingir que poco recuerdo... y seguir adelante. Aún con las preguntas. Aún con la realidad.
¿Cómo fue que este vaso nomás no se queda lleno?
Pues que sus sonrisas dejaron de ser suficiente motivo. Nomás como que no bastan.
No sé como irme yo.
No tenía seguramente nada especial para ese día. Aún acostado miraba la tele. A las primeras personas que llamaran se ganarían boletos para un concierto.
Otro día más en la oficina. Nada pintaba bien, ya desde temprano habían demasiados problemas. Apenas era mediodía y el resto del día parecía demasiado aún.
Decidió no perder tiempo e ir por sus boletos. Llegó a una improvisada taquilla. Le pidieron que esperara a la persona que tenía la lista de ganadores del canal.
"Baja la lista, hay un ganador del canal que quiere sus boletos" Apresurado buscó el correo. Con prisa lo mandó a imprimir. Con velocidad bajó las escaleras.
(Entonces los dos se miraron. Uno detuvo el paso antes del último escalón. El otro se levantó y soltó una pequeña sonrisa. Se miraron más. Los boletos no eran suficientes para alargar más el momento. Uno debió irse. Al otro se le ocurrió salir a fumar. Lo miró caminar.)
Pensó que quizá lo vería al día siguiente en el concierto.
Pensó en ir al concierto al día siguiente, para verlo otra vez.
Fue una casualidad ese encuentro. Entre tantos millones de personas las posibilidades de ver a alguien por segunda vez son casi nulas. Pero pasó, nos encontramos en un vagón de metro a las 7:30 rodeados y apachurrados por tanta gente. Cuando lo ví aquel día en la oficina sí llamó mi atención, fui más amable que con otros, mantuve la mirada fija, no me costó sonreírle para ser sincero.
No daré detalles de su físico que fue algo que me llamó, tampoco de su sonrisa tan diferente a la tuya, ni de esas miradas. Sólo que esa vez planée verle al día siguiente, sabía donde estaría, yo le había dado los boletos, pero algo habrá pasado ese sábado, no fui. Perdí la oportunidad de verlo. Y quizá anduve recordando su cara esa noche.
Te digo que fue una casualidad. Tanto él como yo ya habíamos olvidado nuestros rostros. Apenas unos minutos de platica nos revelaron aquel encuentro dos semanas atrás. Fue una sorpresa. Grata. Que le invitara a caminar, a tomar algo no fue casualidad. Lo quise tener así. Tomarlo de la mano, acariciar su antebrazo, intercambiar miradas, conocerlo un poco.
Ni siquiera vi el reloj. Me perdí el tiempo. Quería que siguiera la noche. Descubrir su piel. Recorrer su cuerpo. Besarlo. Aunque bastaba lo que había, ese poquito que hace que todo parezca perfecto. Ese poquito que todo transforma y expira el olor de las posibilidades y el deseo.
Pero a él también le esperaban en casa. Ya se hacía tarde.
Perdóname si no quise pensar en ti, es sólo que estas casualidades son tan improbables, que más me valía perdirle su teléfono y esperar verlo mañana.
Me quedé solo en la cocina. Empecé a preparar la carne. No debo comer carne. Tampoco debo cenar tan tarde, pero estaba muy cansado y agobiado.
El de las sonrisas es tantas veces sólo eso, sonrisas, que no acepta lágrimas ni pesadumbres. Y esa noche, así abatido, sólo quería llorar. Quería dejarme caer un momento, darme por vencido, imaginar un momento que no habría que seguir más.
Pensé en preparar eso que más daño hace a mi cuerpo, un premio que más parecía castigo. Saqué el pimiento, la cebolla, la pimienta y el tomate, y todo en un sartén.
Estaba cansado de las largas horas del día, de las jornadas extenuantes, de los errores repetidos, de ver como todo sale al revés. Cansado de sentirme vencido en la suma de los días, de sentirme solo, de tener miedo al futuro.
Y cocinar me relaja, me ayuda a no pensar en otras cosas demasiado, me gusta solo preocuparme por lo que sucede en la estufa, pensar en qué otro ingrediente le puedo poner.
Así, me solté a llorar. En la cocina y con la estufa prendida. Por que en ese momento no podía más. Extrañé tanto unos brazos, un cobijo, un silencio compartido.
Sí, me quedé solo en la cocina y sólo ella fue testigo de cómo esa noche, entre carne y legumbres, la vida me venció.
Sé que es verdad cuando dice que me quiere.
No tengo dudas, aunque a veces deteste su forma de querer.
Sé que me quiere porque no me prometió la eternidad.
Ni me dijo que se quedaría a pesar de todo.
Nunca juró esas cosas que se juran en las películas.
Dejó claro que no duerme abrazado toda la noche.
Aún menos decir que siempre estará a mi lado.
Es él, es su forma de querer.
El final que me anunció.
Sus reglas del juego.
Pero siempre, la verdad.
Es cuando sé que me quiere.
Por que me dijo la verdad.
En él, los besos no se acumulan tras la ausencia.
El deseo no se incrementa durante los días lejos.
Él regresó.
Como si no se hubiera ido.
Como si siempre hubiera estado.
Como si muchos mañanas más fueran una certeza.
Me hubiera gustado que mi mente fuera una grabadora. Muy moderna y con mucha capacidad para grabar mejor en mi memoria cada uno de tus gestos, tu forma de fruncir los labios, tu mirada, tus pequeños dientes y tus delgados labios enmarcando tu hermosa sonrisa; tu cuerpo desnudo como hecho silueta en la ventana, tus gemidos y palabras; tus manos y tus piernas y toda tu piel.
¡Si tan sólo pudiera recrear esas imágenes en mi mente!
Pero todo olvido y cada minuto las imágenes se desdibujan un poco más.
Pobre de mí.
Apenas horas, que diluidas en 52 semanas no forman ni un día.
Apenas momentos fugaces, espontáneos que apenas hacen recuerdos.
Apenas él y yo solos.
Apenas nuestros cuerpos.
Apenas la foto de nuestro beso.
Apenas.
Si no fueran tantas telarañas en la mente,
si no hubiera memoria,
si no tuviera este presente,
si no hubieran los años que han pasado,
si no hubiera la incapacidad, maldita, que nació en mí,
si no fuera lo que soy,
si no fueran estas circunstancias,
si no fuera la oportunidad errada,
si no fuera él y fuera cualquier otro,
podría decir, te quiero.
Es la soledad. Sucede. Sentirme solo.
No importa la gente, ni los amigos, ni la familia, ni la pareja.
De repente me siento solo. Pienso en él. Que ya no está.
Tengo preguntas que no me puedo responder. Dudas.
Nada me parece seguro. Como navegando solo.
La vida es un mar. Nada se ve alrededor.
Quisiera preguntarle. Saber qué piensa.
Para saber qué hacer ahora.
Porque no sé, papá.
No sé.
El día iba a ser.
A no ser por el trabajo y el estrés.
El tráfico, la gente y demasiado café.
Los gritos, la espera y las ganas de comer.
El reloj y su paso lento
lento
lento
El día finalmente fue:
Cuando ya noche,
cuando ya en la cama,
tus brazo y un beso
-muy suave
y
muy lento-.
¿Has sentido miedo? ¿pánico? ¿terror?
La sombra me estuvo acechando, una semana entera. En el día se mantenía distante, pero por las noches, cuando las luces se apagaban y todo era una sombra parecía tomar fuerza y poder, para entonces apoderarse de mi espacio, susurrarme al oído frases estremecedoras que me obligaba a repetir, recorría lentamente los bordes de mi cama para meterse por debajo de las sábanas y acariciarme con lascivia, sometiéndome a sus deseos de lujuria.
Mi entrepierna empezaba entonces a palpitar, a vibrar, seguía por mi sexo para luego penetrar mis víceras, comiéndoselas y escupiéndolas desde dentro; subía arrastrándose por el estómago y luego por el esófago, dejando rastros de ácido que me provocaban náuseas y repugnancia.
Poseía después mi rostro, controlando mis gestos, mis labios, mi respiración. Mi cuerpo entonces se convulsionaba entero, sin poderse mover de la cama, inerte por fuera, caótico por dentro. Entraba en mi mente y sólo escuchaba el susurro grave y rasposo hablándome de la muerte, el abandono y la soledad.
Retenía mis lágrimas y las convertía en anís para embriargarme, y borracho por dentro perderme en alucionaciones vívidas de mundos desolados donde el dolor tomaba formas fuera de la imaginación humana.
Durante una semana tuve terror al ver llegar la noche, porque sabía que vendría. Hay ese lugar en el interior donde nace el miedo, y no existe ayuda ni auxilio, sólo la esperanza del amanacer que inevitablemente vendrá y todo pasará por al menos doce horas más.
Ayer por la mañana, en plena oficina, tomé las fotos de mis dos amigos, los cuales viven a miles de kilómetros de aquí. Nuestra amistad está fundamentada en nuestro año de prepa juntos y una par de ocasiones más a lo largo de estos 11 años de amistad.
Ellos no han estado al lado fisicamente. Se han perdido muchos de los eventos importantes de mi vida. No sabemos bien a bien qué está haciendo cada uno de nosotros, en qué trabajamos, cómo va nuestra relación; los tres estamos lejos el uno del otro.
Sólo tenemos un lugar común, allá donde los recuerdos cobran vida, donde los senderos y caminos fueron recorridos en bicicleta, allá donde nacimos como amigos. Es allá, dónde los reencuentro y parece que los años no han pasado, parece que no hay tantas carencias entre nosotros. Verlos, conocer su forma de reír, poder platicar, simplemente estar, las bromas, lo que es en serio, fumar juntos.
Hay amigos en los que no hace falta el cotidiano, amistad que a pesar del tiempo y la distancia se mantiene, con la pura promesa de encontrarnos otra vez.
Ayer por la mañana tomé las tres fotos que nos hemos tomado en cada ocasión que nos hemos encontrado, donde estamos los tres abrazados, yo en medio .
Será que extraño mucho a mi amigos. Será que últimamente los siento lejos. Será que los siento ausentes. Será que me siento solo y me hacen falta ellos.
No los de la foto. Extraño a mi amigos de aquí, quizá por eso, pensé en los de allá.
Hay noches dónde me siento como un cazador. Como anoche.
Su cara simplemente perfecta. Los ojos que bailaban, la piel brillaba, su sonrisa iluminando mi mirada. Pequeño aún, con aires de muchos años de andanza.
(Apenas lo ví y lo quería tener)
Me fui acercando, despacio.
Descubriéndole cada centímetro de piel. Cubiertos por las luces, la música y la gente.
Avanzando firme, ante las puertas abiertas. Empezaron pronto lo besos -prontísimo-, y me hipnotizó su piel, su sonrisa, sus ojos pequeños.
(Aún más, lo quería tener)
Me fui pegando, rápido.
Procurando tener la memoria despierta para registrar con los labios la textura de su piel.
Quedaba espacio entre mis brazos cuando lo abrazaba. Pequeño. Fácil de tejerse en mí. Como engranes.
Las horas pasaban y todo se volvía más intenso. Mi boca parecía haber perdido el control, como imán en su cuello, en sus labios.
Parecía enamoramiento: del súbito, del efímero, del pasajero. Parecía el tipo de enamoramiento que puedo permitirme, el de unas horas, el que termina antes del amanecer.
Era tan fácil estrujarlo contra mi cuerpo, como pequeño cachorrito. Parecía tan dispuesto a ello. Parecía que nos entregábamos. Quizá, él lo creyó.
¿Qué quería yo de él? Sólo tenerlo. Sólo esperar el momento de descubrirlo desnudo, de besar su cuerpo entero. De liberar el deseo. De cansarlo y luego, dejarlo descansar en mí. De verlo por la mañana y luego, despedirme.
Entonces, lo que creyó era mentira, comprendió que era verdad, y me preguntó "¿por qué me besas si tienes novio?"
Lo que debe ser, lo enseñado, lo que creemos ver, los esquemas, los estereotipos... el fantasma constante de lo que no debo permitirme acompañaba su pregunta.
- Porque me gustas -respondí-.
- ¿Y no te importa que yo haya sentido algo?
Procuro ser discreto en estas situaciones. Procuro no contarlas demasiado. Cuido que se mantenga en los estrictamente posible. Soy atento a no excederlas más allá de lo puedo realmente mantener. Pero nunca pienso en lo que los otros pueden sentir.
En las noches que salgo y me siento cazador, no pienso que eventualmente la presa también puede ganar.
Acostado en mi cama.
La televisión encendida; repito episodios ya vistos de la serie que estamos viendo (para no adelantarme).
Hay menos cigarros en el cenicero.
La botella de agua no se ha terminado.
Puedo tomar el control remoto si quiero.
Un poco menos ropa en el piso.
Mis manos sólo pueden tocar este teclado.
Es él, el roce de su piel, lo que me hace falta.